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Reconstruimos nuestra realidad a base de experiencias personales, pero también de experiencias colectivas.

No podemos recordar nada que sea asocial, porque ninguna experiencia puede situarse al margen de los fenómenos que tienen significado dentro de una cultura, en una sociedad y en un momento de la historia. Por otro lado, ninguna experiencia puede comprenderse si no hacemos uso de los instrumentos que nos facilita nuestra sociedad para hacer inteligibles nuestras experiencias, nuestros sentimientos o nuestras percepciones. El lenguaje y la comunicación son los elementos constitutivos de la memoria que nos permiten hacernos comprensibles para los demás. Si queremos explicar un episodio de nuestro pasado a otra persona, lo haremos de formas diferentes y utilizando un lenguaje diferente dependiendo de quien sea nuestro interlocutor en cada momento: un amigo, un desconocido, un profesor, nuestro abuelo, un médico, etc.

Si la memoria surge en un contexto socio histórico concreto, entonces también evoluciona por medio de este, es decir, influenciada por los conocimientos existentes en aquel momento determinado, la cultura, la racionalidad vigente en una sociedad, las suposiciones, las deducciones lógicas, las experiencias, los sentimientos, etc. Percibir, imaginar o recordar implica un proceso activo, aunque sea inconsciente. Aquello que recordamos es el resultado de las tendencias e intereses a los cuales la sociedad ha dotado de algún valor. Este proceso activo en recordar hace que nuestra memoria no sea meramente un "reproducir el pasado", sino reconstruirlo, ayudándonos de los datos de que disponemos en el presente.

La memoria es, por tanto, una función simbólica, es decir, la posibilidad de compartir significados con otros y de construir comunicativamente el pasado (mediante el lenguaje). Es la sociedad quien nos suministra los elementos necesarios para reconstruir el pasado. Recordar quiere decir mantener relaciones con otras personas, es decir la memoria es un proceso colectivo que da al grupo la oportunidad de consolidar su propia identidad.

Finalmente podemos afirmar que nuestra memoria no es estable: nuestros recuerdos cambian dependiendo de nuestra sucesiva pertenencia a diferentes grupos sociales, a la experiencia que vamos adquiriendo a lo largo de los años, a las normas, costumbres y valores existentes en cada momento, etc.

Cada vez que hacemos memoria, lo que estamos haciendo es interpretando y resignificando el pasado, o dicho de otra manera, el pasado cambia en función del presente, de sus valores, normas, creencias, ideologías e imaginarios, que favorecen o dificultan la construcción de la memoria. Lo que conseguimos es juzgar este pasado y adaptarlo a las circunstancias en las cuales estamos recordando. Esto es así porque cuando un echo tubo lugar en el pasado, era un mero conjunto de acontecimientos y situaciones que sólo tomarán sentido con el paso del tiempo, cuando lo reinterpretemos con un mayor lujo de detalles y conociendo los hechos que han tenido lugar posteriormente. De esta manera podríamos afirmar que el futuro transforma el pasado.

La memoria es un proceso variable y argumentativo y esto quiere decir que con nuestro discurso sobre el pasado defendemos o desmantelamos los criterios de idoneidad de los recuerdos, dependiendo del contexto social en el cual queremos comunicarlos. Es muy importante la manera como nos expresamos, ya que esta dará o no credibilidad y veracidad a nuestra interpretación del pasado y, además, puede originar conflictos que propicien la aparición de otras interpretaciones diferentes.

Las conmemoraciones se convierten en uno de los recursos más importantes de la institucionalización de la memoria y tienen como objetivo final, el establecimiento de un nexo entre el presente y el pasado, que además nos dice qué tenemos que recordar concretamente. El echo de institucionalizar la memoria de esta manera, asegura la continuidad e intenta preservar hechos y experiencias pasadas con el fin de legitimar la situación actual.

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