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Es posible aprender a ser feliz de la misma manera que uno aprende a hablar otro idioma o a tocar un instrumento cualquiera.

Esto es así gracias a la neuroplasticidad del cerebro. Es como si las conexiones neuronales fueran moldeables y pudieran cambiarse si practicamos debidamente. Así pues, ¿cómo podemos practicar el bienestar?:

- Mediante la práctica del Mindfulness o atención plena. Se ha comprobado que una mente atenta es una mente más feliz. 

- Tratando de no vernirme abajo en momentos y situaciones difíciles. Aprendiendo acerca de mis fortalezas cuando me encuentro en un momento crítico de mi vida y potenciándolas. Esto es la resiliencia.

- Poniendo el foco de atención en lo que sí está bien y no tanto en lo que no está funcionando en mi vida. No quedarme atascado en el malestar.

- No resistirme a los cambios: todo está en continuo cambio y, por lo tanto, yo también estoy expuesto a ellos. Así que, aceptar esos cambios cuando lleguen y fluir con ellos, tratando de crecer, aprender y fortalecerme, va a ayudarme a superarlos con mayor ecuanimidad.

- No quejarme por lo que está pasando, al contrario, tratar de ver lo bueno que hay en cada situación y persona, siendo realista, sin negar la existencia de lo malo, pero tratando de dar mayor consistencia e importancia a lo positivo. 

- Siendo amable y generoso con los demás (dar las gracias, felicitar a otros por sus éxitos o méritos, regalar a los demás unos minutos de mi tiempo, sonreír...). Eso me hará sentir bien a mí y a los demás.

- Siendo amable conmigo mismo: no criticarme ni juzgarme con dureza o enfadarme conmigo mismo cuando algo no ha salido como yo esperaba. Procurándome la atención, el cuidado y el afecto que necesito en cada momento.


El bienestar y la felicidad debemos buscarlas en nuestro interior, en la forma cómo nos tratamos y nos hablamos, en nuestros autodiálogos y pensamientos hacia nosotros mismos. En definitiva, dejando de estar en guerra conmigo mismo.

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