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De nuevo volvemos a celebrar El Día Internacional de la Mujer para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres. Pero este 8 de marzo, está marcado por la pandemia por la COVID-19 y llega en un momento en el que se han puesto de manifiesto nuevas problemáticas que vienen a sumarse a las que ya existían antes y que pueden suponer un retroceso en el empoderamiento y el avance por los derechos de las mujeres del mundo.

De nuevo este año se vuelve a demostrar que somos las mujeres del mundo las que estamos en primera línea de las crisis, esta vez, nos tocó afrontar la devastación de la pandemia por la COVID-19 y sus consecuencias.

De nuevo y, con la excusa de la pandemia, han aumentado los casos de violencia de género en los hogares. Las mujeres se han visto obligadas a convivir con sus agresores durante períodos más largos y durante más horas al día. Además, se ha disminuido notablemente durante el confinamiento la posibilidad de reportar esas agresiones y, por la tanto, de recibir ayuda o protección. Según los datos de la Delegación del Gobierno para la Violencia de género de abril del 2020, las consultas online al 016 (servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género) aumentaron en más de un 450% respecto al año anterior.

De nuevo siguen apareciendo casos de personajes que han estado practicando abusos sexuales sobre sus compañeras de trabajo durante décadas, impunemente, a veces incluso protegidos y encubiertos por su entorno.

De nuevo los cuidados recaen sobre las mujeres (más del 70% de las trabajadoras del sistema sanitario según datos del Ministerio de Sanidad). Estas tareas exponen a las profesionales sanitarias a un contacto directo y continuo con personas afectadas por coronavirus (esta mayor exposición ya se dio en otras pandemias como en la del ébola o la del zika…) y también a una mayor dedicación en horas a sus trabajos (algunas doblan turnos o hacen horas extras). En los próximos meses vamos a sentir las consecuencias en la salud física y psicológica de estas profesionales que, a día de hoy, todavía no han podido bajar la guardia y siguen cuidando de tod@s nosotr@s.

De nuevo las empleadas del hogar y las cuidadoras de personas mayores o dependientes sienten el azote de su estado de precariedad laboral. Estas mujeres, en la mayoría, de los casos no están aseguradas, eso agrava su situación a la hora de buscar atención sanitaria. Sin mencionar el riesgo que corre su salud al estar frecuentemente en contacto con personas que no forman parte de su núcleo familiar.

De nuevo las profesiones femenizadas (como las de las limpiadoras, o las cajeras de supermercados, o las trabajadoras de tiendas de alimentación, de sector servicios, etc.) vuelven a ver peligrar su salud física y mental por ser profesiones imprescindibles, aunque ello no implique que sean suficientemente reconocidas.

De nuevo la conciliación familiar es más difícil para las mujeres: el cierre de los colegios o el confinamiento domiciliario, perjudican a las mujeres más que a los hombres porque somos nosotras las que nos encargamos de las tareas domésticas (70% frente al 30% de la población masculina) y también de suplir la educación escolar cuando nuestr@s hij@s han tenido que quedarse en casa. Es necesario hacer notar que las tareas del hogar se han incrementado considerablemente al pasar tod@s más tiempo en casa. Esto ha supuesto una sobrecarga de trabajo para nosotras que ha hecho aumentar los casos de estrés, ansiedad y depresión entre las mujeres.

De nuevo las mujeres seguimos estando infrarrepresentadas en las posiciones de toma de decisiones, a pesar de estar a primera línea de la pandemia, a pesar de el exquisito trabajo realizado por las escasísimas líderes nacionales que han llevado a cabo una gestión ejemplar de la crisis y a pesar de las contribuciones tan esenciales que han aportado tanto a nivel social, como político, científico o económico.

De nuevo somos las mujeres las que más paro hemos acusado durante la pandemia. Las mujeres ocupamos, en general, empleos de peor calidad y más precarios que los hombres. Esto aumenta nuestra desprotección social y disminuye nuestros recursos para afrontar cualquier crisis.

De nuevo la pobreza azota más a las mujeres. Esto tiene que ver con el aumento del paro femenino, con la precariedad de los puestos de trabajo que ocupamos las mujeres y con la brecha salariar que se ceba con nosotras.

No debemos callar, debemos contar nuestras historias vitales. Si alzamos nuestras voces, encontraremos solidaridad y justicia. El feminismo no es tan solo “cosa de mujeres”. La violencia de género es una violación de los derechos humanos que nos incumbe a tod@s.



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