CÓMO LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO PUEDEN CONDICIONAR A LAS PERSONAS


¿QUÉ DEFINE EL CONCEPTO DE MASCULINIDADES / FEMINIDADES?


¿Qué significa ser hombre o ser mujer? Aunque pueda parecer una pregunta sencilla, la respuesta ha cambiado a lo largo de la historia y también varía según la cultura y la sociedad en la que vivimos.


La masculinidad y la feminidad no son conceptos únicos ni inmutables. Existen diferentes maneras de ser hombre y diferentes maneras de ser mujer. Sin embargo, todavía hoy seguimos recibiendo mensajes sobre cómo deberíamos comportarnos, qué trabajos deberíamos desempeñar, cómo deberíamos relacionarnos o incluso qué emociones podemos expresar en función de nuestro género.


A estas expectativas las llamamos estereotipos de género: creencias generalizadas sobre las características, comportamientos o capacidades que se consideran propias de hombres o de mujeres.


Los roles de género, por su parte, hacen referencia a las expectativas sociales sobre las funciones que unas y otros deberían desempeñar. Y aunque estos roles han cambiado considerablemente, todavía siguen influyendo en nuestras decisiones y en nuestras relaciones.

 



EN EL TRABAJO


En las últimas décadas se han producido avances importantes en la incorporación de las mujeres al mercado laboral y en su acceso a puestos de responsabilidad. Sin embargo, todavía persisten desigualdades.


En España, por ejemplo, en 2025 las mujeres representaban el 36,1 % de las personas que ocupaban cargos directivos, según datos del INE. En los consejos de administración de las empresas del IBEX-35 la presencia femenina había aumentado hasta cerca del 40 % en 2024, pero la representación de mujeres en las presidencias seguía siendo muy reducida.


También continúa existiendo una brecha salarial. En 2024, el salario medio anual de las mujeres fue de 26.904,90 euros, frente a los 32.057,55 euros de los hombres. Esta diferencia no significa que una mujer cobre necesariamente menos que un hombre por realizar exactamente el mismo trabajo: influyen factores como el tipo de jornada, el contrato, la ocupación, la antigüedad o la distribución de mujeres y hombres en diferentes sectores y puestos.


Los estereotipos también aparecen en la elección de profesiones. Todavía hablamos de “trabajos masculinos” o “trabajos femeninos”, asociando determinadas ocupaciones con unas capacidades supuestamente propias de hombres o de mujeres.


Cuando desde la infancia se transmite que unas profesiones son más apropiadas para unos y otras, estas expectativas pueden terminar condicionando nuestras elecciones, incluso aunque no seamos conscientes de ello.




EN LA PUBLICIDAD Y EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


La publicidad, los medios de comunicación y las redes sociales también contribuyen a transmitir determinados modelos de masculinidad y feminidad.


Tradicionalmente, a los hombres se les ha asociado con la racionalidad, la fuerza, la competitividad, la independencia, el éxito o el control emocional. A las mujeres, con la sensibilidad, la empatía, la belleza, el cuidado y la responsabilidad por el bienestar de las demás personas.


Aunque estos modelos están cambiando, los estereotipos no han desaparecido. El Instituto de las Mujeres continúa señalando la importancia de evitar representaciones sexistas y discriminatorias en la comunicación y la publicidad.


Todavía podemos encontrar, por ejemplo, anuncios en los que determinados juguetes, colores o actividades se presentan como propios de niñas o de niños.

Pero los estereotipos no afectan únicamente a las mujeres.


Un hombre también puede sentirse presionado para mostrarse fuerte, competitivo, independiente o emocionalmente contenido. Puede aprender que pedir ayuda es un signo de debilidad, que debe asumir el papel de proveedor económico o que determinadas tareas de cuidado “no le corresponden”.


Del mismo modo, una mujer puede recibir el mensaje de que debe ser atractiva, comprensiva, cuidadora, conciliadora y capaz de atender las necesidades de quienes la rodean.


En ambos casos, el problema aparece cuando una expectativa social se convierte en una obligación: cuando dejamos de sentir que podemos elegir quién queremos ser.




¿ESTAMOS AVANZANDO?


Sí. Los roles de género se han transformado considerablemente y hoy encontramos muchas más posibilidades de elección que en generaciones anteriores.


Los hombres participan más en las tareas domésticas y de cuidado y las mujeres ocupan espacios profesionales, sociales y políticos que durante mucho tiempo estuvieron reservados casi exclusivamente a los hombres.


Sin embargo, el cambio no se produce al mismo ritmo en todos los ámbitos.


Los datos disponibles muestran que las mujeres siguen dedicando más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y familiar. La última Encuesta de Empleo del Tiempo del INE, correspondiente a 2009-2010, ya mostraba una diferencia importante: las mujeres dedicaban una media de 4 horas y 29 minutos diarios al hogar y la familia, frente a 2 horas y 32 minutos de los hombres. Aunque estos datos no son recientes, permiten observar una desigualdad que ha sido históricamente persistente.


Por eso, no podemos considerar los estereotipos de género como algo perteneciente únicamente al pasado. Siguen presentes, aunque a menudo aparezcan de formas más sutiles.


Además, cada época y cada sociedad construyen determinadas expectativas sobre lo que significa ser hombre o mujer. Lo que hoy consideramos “masculino” o “femenino” no es necesariamente lo mismo que se consideraba hace cincuenta o cien años.


Avanzar hacia la igualdad no significa que hombres y mujeres tengamos que ser iguales ni que debamos renunciar a nuestras diferencias individuales. Significa que esas diferencias no deberían determinar nuestras oportunidades, nuestras capacidades, nuestras elecciones ni nuestra manera de relacionarnos.


La verdadera libertad consiste en poder desarrollar nuestra personalidad sin sentir que debemos ajustarnos a un determinado modelo por el hecho de ser hombres o mujeres.


Por eso, seguir avanzando en igualdad implica cuestionar los estereotipos, repartir de forma más corresponsable las tareas domésticas y de cuidado, favorecer las mismas oportunidades y permitir que cada persona pueda expresar sus emociones, desarrollar sus capacidades y construir su propio proyecto de vida con mayor libertad.


Porque no deberíamos tener que elegir entre ser quienes somos y cumplir con lo que se espera de nosotras o de nosotros. Necesitamos sentir que tenemos libertad para desarrollar la propia identidad y capacidades sin quedar limitada por expectativas asociadas al género.

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