LA PERCEPCIÓN Y EL MALESTAR EMOCIONAL



¿QUÉ ES LA PERCEPCIÓN?


Podríamos definir la percepción como el proceso mediante el cual captamos, seleccionamos, organizamos e interpretamos la información que recibimos a través de los sentidos. Nos permite construir una representación del entorno y comprender lo que sucede a nuestro alrededor.


Pero no somos simples receptores pasivos de información. Nuestra manera de percibir está influida por nuestras experiencias previas, expectativas, valores, creencias, necesidades, deseos, intereses y estado emocional. Por eso, ante una misma situación, dos personas pueden prestar atención a aspectos diferentes e interpretarla de manera distinta.


La percepción es, por tanto, selectiva y cambiante. No podemos atender simultáneamente a toda la información que recibimos y, además, aquello que captamos y la importancia que le damos puede variar dependiendo del momento que estemos viviendo. De ahí que, en ocasiones, nuestra percepción pueda estar condicionada por determinados sesgos cognitivos: formas habituales de interpretar la realidad que pueden llevarnos a prestar más atención a unos aspectos que a otros o a extraer conclusiones que no siempre se ajustan a toda la información disponible. Esto no significa que nuestra percepción sea «falsa», sino que nuestra manera de interpretar una situación no siempre representa toda la realidad.




¿QUÉ FUNCIÓN TIENE LA PERCEPCIÓN?


La percepción cumple una función fundamental: nos permite orientarnos en nuestro entorno y responder de manera adecuada a lo que sucede. Nuestro sistema de atención está especialmente preparado para detectar aquello que puede resultar relevante o amenazante. Por eso, cuando estamos preocupados, estresados o atravesamos un periodo de malestar emocional, podemos tender a fijarnos más en aquello que confirma nuestras preocupaciones y pasar por alto información tranquilizadora o positiva.


Imaginemos que estamos en una habitación y suena una alarma de incendios. Nuestra atención se dirigirá inmediatamente hacia ese sonido y dejaremos en segundo plano otros estímulos que, en ese momento, resultan menos relevantes.


Este mecanismo es útil para nuestra adaptación. El problema aparece cuando permanece activado ante situaciones que no requieren realmente ese nivel de alerta.

Por ejemplo, una persona que teme equivocarse puede prestar mucha más atención a sus pequeños errores que a todo aquello que hace correctamente. Otra que teme ser rechazada puede interpretar un mensaje breve o una expresión seria como una señal de desaprobación, aunque existan otras explicaciones posibles.

No siempre vemos todo lo que está sucediendo. Vemos, en buena medida, aquello a lo que estamos prestando atención y la interpretación que hacemos de ello.




PERCEPCIÓN Y RESPUESTA EMOCIONAL


Existe una estrecha relación entre lo que sucede, cómo interpretamos lo que sucede y cómo respondemos emocionalmente.


En la vida diaria me encuentro ante situaciones que me pueden hacer sentir enfadado, triste, tenso, disgustado, acelerado, decepcionado, impotente... A veces ocurre, que no soy capaz de aceptar que lo que está pasando, deseo que sea de una forma diferente. Otras veces, mi percepción me hace ver una cosa, pero me impide ver otra que también puede ser cierta o válida. En otras ocasiones lo que ocurre es que quiero encontrar una solución inmediata.


En nuestra vida cotidiana nos encontramos con situaciones que pueden hacernos sentir enfado, tristeza, tensión, decepción, miedo, impotencia o frustración.

Y es importante hacer una distinción: no todo el malestar emocional se debe a una interpretación equivocada. Hay situaciones objetivamente difíciles, pérdidas, conflictos, injusticias o acontecimientos dolorosos que pueden generar emociones intensas y completamente comprensibles.


Sin embargo, nuestra interpretación puede influir significativamente en la intensidad y duración de nuestra respuesta emocional. Ante un mismo acontecimiento puedo pensar: "Esto es terrible, no voy a poder soportarlo". O puedo pensar: "Esto es difícil y no era lo que esperaba, pero puedo buscar la manera de afrontarlo".


La situación no ha cambiado, pero sí lo ha hecho la manera de interpretarla y, con ello, puede cambiar también nuestra respuesta emocional y conductual.

Cuando una determinada forma de interpretar y reaccionar se repite, puede convertirse en un patrón habitual. Así, ante determinadas situaciones, podemos pensar, sentir y actuar casi automáticamente.


Por ejemplo: Situación → interpretación → emoción → conducta → consecuencias. Si este patrón se repite una y otra vez, puede terminar convirtiéndose en un círculo que mantiene nuestro malestar.


La buena noticia es que estos patrones pueden modificarse. A veces necesitamos simplemente hacer una pausa. Respirar. Observar qué estamos pensando. Preguntarnos si estamos teniendo en cuenta toda la información disponible o solamente una parte. Buscar otras explicaciones posibles. Diferenciar los hechos de nuestras interpretaciones. No se trata de obligarnos a pensar en positivo ni de negar aquello que está sucediendo. Se trata de ampliar nuestra perspectiva.


Porque cuando conseguimos tomar cierta distancia de nuestros pensamientos, podemos descubrir que quizá existen otras posibilidades, otras explicaciones y otras maneras de responder. Desde un estado más consciente y sereno, podremos elegir nuestra respuesta en lugar de reaccionar automáticamente.

Y eso puede ayudarnos a relacionarnos con nosotras mismas y con nuestro entorno de una manera más flexible y adaptativa.



Ahora puedes preguntarte:


¿Estoy teniendo en cuenta toda la información o solamente una parte?

¿Estoy reaccionando de manera automática o puedo hacer una pausa antes de responder?

¿Existe otra manera de interpretar lo que está pasando?

¿Cómo cambiaría mi respuesta si pudiera contemplar más posibilidades?




¿CÓMO PUEDO MEJORAR MI MANERA DE PERCIBIR E INTERPRETAR LA REALIDAD?


No podemos controlar todo aquello que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con nuestra atención, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Algunas estrategias pueden ayudarnos:


Aprende a regular tus emociones. Las emociones nos proporcionan información y cumplen una función, pero cuando son muy intensas pueden influir en aquello a lo que prestamos atención y en la manera como interpretamos las situaciones. Aprender a reconocerlas y regularlas puede ayudarnos a responder de forma más flexible.


Cuestiona tus pensamientos. Cuando una situación te genere mucho malestar, pregúntate: ¿qué estoy interpretando?, ¿qué evidencias tengo?, ¿estoy sacando alguna conclusión demasiado rápida?, ¿existe otra explicación posible? No se trata de pensar en positivo, sino de pensar de una manera más equilibrada y ajustada a la realidad.


Entrena la atención. Prácticas como el mindfulness pueden ayudarnos a observar pensamientos, emociones y sensaciones sin reaccionar inmediatamente ante ellos. También pueden favorecer una mayor conciencia de nuestros patrones habituales de atención e interpretación.


Practica la meditación: Esto te ayudará a entrenar la capacidad de la atención, e permitirá observar los movimientos de la mente y darte cuenta de tus juicios y prejuicios y de cómo todo esto está influyendo en la manera como percibes tu entorno.


Cuida tu bienestar físico y emocional. Dormir adecuadamente, realizar actividad física, alimentarte de forma saludable, mantener relaciones significativas y reservar tiempo para actividades agradables también influye en nuestra capacidad para afrontar las situaciones cotidianas.


Baja el ritmo cuando sea posible. Vivimos en un entorno caracterizado por la rapidez, la inmediatez y la sobreestimulación. Hacer una pausa, respirar y recuperar cierta calma puede ayudarnos a observar lo que está sucediendo con mayor perspectiva.


Y recuerda: no siempre podemos cambiar lo que ocurre, pero sí podemos aprender a observarlo desde diferentes perspectivas y elegir cómo queremos responder.




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