EL ESTRÉS: CUANDO NUESTRO CUERPO Y NUESTRA MENTE PIDEN UNA PAUSA


¿QUÉ ES EL ESTRÉS?


El estrés es una respuesta natural de nuestro organismo que nos ayuda a adaptarnos a situaciones que percibimos como exigentes, amenazantes o difíciles. En ella intervienen diferentes sistemas del organismo, especialmente el sistema nervioso y el sistema endocrino..


Cuando nuestro cerebro interpreta que existe una amenaza o que necesitamos hacer frente a una determinada demanda, se activa una respuesta de alarma que prepara al organismo para actuar. Aumenta la frecuencia cardíaca y la tensión muscular, se liberan determinadas hormonas, se agudiza la atención y se movilizan recursos para responder a la situación.


Esta respuesta puede ser muy útil y necesaria. El problema aparece cuando la activación se mantiene durante demasiado tiempo o cuando nuestro organismo permanece en alerta incluso cuando ya no existe una amenaza real.


Una vez que la situación estresante desaparece, nuestro organismo necesita recuperar progresivamente su equilibrio. El descanso, el sueño y la capacidad de desconectar son, por tanto, fundamentales.




¿QUÉ OCURRE CUANDO EL ESTRÉS SE PROLONGA EN EL TIEMPO?


Cuando una persona permanece durante mucho tiempo sometida a situaciones de elevada exigencia, puede experimentar diferentes consecuencias físicas y psicológicas: tensión muscular, dolores de cabeza, alteraciones del sueño, problemas digestivos, cansancio, dificultades de concentración, irritabilidad o sensación de estar desbordada.


También pueden aparecer cambios en nuestra manera habitual de relacionarnos con los demás y con nosotras mismas: podemos sentirnos menos eficaces, perder interés por actividades que antes disfrutábamos, estar más irritables o tener la sensación de que no somos capaces de parar.


Las situaciones estresantes pueden aparecer en diferentes ámbitos de nuestra vida: el trabajo, la familia, la pareja, los estudios, las relaciones sociales o una enfermedad, entre muchos otros.


Pero el impacto del estrés no depende únicamente de lo que sucede. También influyen la manera en que interpretamos la situación, los recursos de los que disponemos y las estrategias que utilizamos para afrontarla. Por eso, una misma circunstancia puede resultar muy estresante para una persona y ser más manejable para otra.


Además, cuando el malestar se mantiene, podemos desarrollar comportamientos que proporcionan alivio inmediato, pero que terminan aumentando el problema a medio o largo plazo. Por ejemplo:


• Negación: pactuar como si no estuviera ocurriendo nada, aunque nuestro cuerpo y nuestras emociones indiquen lo contrario.


• Sedentarismo: te sientes tan cansado que dejas de hacer ciertas actividades, como ir al gimnasio, salir a pasear...


• Aislamiento: empiezas a no quedar con los amigos, a preferir encerrarte en la habitación a solas… reduces progresivamente el contacto con otras personas.


• Falta de descanso: mantenernos constantemente ocupados o tener dificultades para desconectar y dormir.


• Irritabilidad: en respuesta al malestar que estás sintiendo, estás más irascible con los demás, más irritable, todo te molesta, estás a la que salta...


• Alimentación poco saludable: comes más, o comes poco, o poco sano, ingieres más grasas y azúcares (se les llama “alimentos consoladores” porque llenan el vacío emocional que estás sintiendo), en definitiva, usas la comida como una forma de aliviar temporalmente el malestar emocional.


• Consumo de sustancias: ante una situación que te produce malestar general, intentas buscar consuelo o placer inmediato en las “varitas mágicas” como por ejemplo el tabaco, el alcohol, las drogas, el café o los ansiolíticos.


• Exceso de trabajo u ocupación: llenar tu vida de ocupaciones es una forma de evitar afrontar tu situación de estrés, de parar a reflexionar acerca de tus verdaderos problemas.


Estos comportamientos pueden convertirse en una especie de círculo vicioso: buscamos aliviar el malestar a corto plazo, pero algunas de nuestras respuestas terminan por mantenerlo o incluso aumentarlo.




¿CÓMO PODEMOS CAMBIAR ESTA SITUACIÓN?


No siempre podemos evitar las situaciones estresantes, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con ellas y con nuestras propias respuestas.

Esto implica desarrollar una mayor conciencia de lo que sucede en nuestro cuerpo y en nuestra mente, reconocer nuestras señales de estrés y aprender a no reaccionar automáticamente ante ellas.


La práctica del Mindfulness o atención plena puede ayudarnos precisamente en este proceso. Prestar atención al momento presente, observar nuestros pensamientos y emociones sin juzgarlos inmediatamente y reconocer las sensaciones corporales puede ofrecernos un espacio entre lo que sucede y nuestra respuesta.


También podemos fomentar nuestro bienestar mediante algunas actitudes:


- Cultivar la atención plena (Mindfulness). Aprendiendo a observar lo que nos sucede sin quedar atrapados automáticamente en nuestros pensamientos.


- Desarrollar la resiliencia. Reconociendo nuestros recursos y aprendiendo de las situaciones difíciles sin exigirnos salir de ellas siendo más fuertes a toda costa.


- Diferenciar aquello que está en nuestras manos de aquello que no podemos controlar. Actuando sobre lo primero y aprendiendo progresivamente a aceptar lo segundo.


- Aceptar que el cambio forma parte de la vida: sin confundir aceptación con resignación. Aceptar una situación significa reconocer que está ocurriendo para poder decidir cómo queremos afrontarla.


- Prestar atención a lo que funciona. Sin negar las dificultades, pero evitando que el malestar ocupe todo nuestro campo de atención.


- Cuidar nuestras relaciones. Ofreciendo a las demás personas amabilidad, reconocimiento y presencia, pero también permitiéndonos recibir apoyo cuando lo necesitamos.


- Tratarnos con amabilidad: evitando convertir la autocrítica en una fuente añadida de estrés. Podemos aprender a hablarnos con la misma comprensión con la que hablaríamos a alguien que queremos.


El estrés forma parte de la vida y, en determinadas circunstancias, puede incluso ayudarnos a responder y adaptarnos. El objetivo no es eliminarlo por completo, sino aprender a reconocerlo, escucharlo y responder de una manera más consciente.


A veces, nuestro cuerpo y nuestra mente no nos están diciendo que tenemos que seguir esforzándonos más. Quizá nos están pidiendo algo mucho más sencillo: parar, observar y cuidarnos.


En definitiva, se trata de dejar de estar en guerra con una misma persona: nosotras mismas.




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