¿LA ETAPA MENOS VIOLENTA DE LA HISTORIA?
¿Cómo podemos afirmar que vivimos en una de las épocas menos violentas de nuestra historia cuando estamos permitiendo que cientos de miles de personas mueran en conflictos armados, mientras otras tantas se ven obligadas a huir de sus hogares a la desesperada, muchas veces sin encontrar el apoyo y la protección que necesitan?
Es cierto que, a lo largo de la historia, algunas formas de violencia han disminuido y que hoy contamos con sociedades y mecanismos de protección que hace siglos eran impensables. Pero eso no significa que la violencia haya desaparecido. Se transforma, cambia de escenario y, en ocasiones, adopta formas que nos resultan menos visibles.
La violencia no siempre consiste en agredir directamente a otra persona. La indiferencia, la deshumanización, la discriminación o la normalización del sufrimiento ajeno también pueden contribuir a mantener situaciones de violencia.
Sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor: guerras y conflictos armados, personas que arriesgan su vida buscando un lugar seguro, discriminación, violencia machista, acoso laboral o escolar, explotación de personas y recursos naturales…
LAS "NUEVAS VIOLENCIAS"
El concepto de violencia también se ha ido transformando con los tiempos. Actualmente utilizamos términos para describir determinadas formas de violencia que hace unas décadas ni siquiera existían o no tenían un nombre específico: mobbing, bullying, ciberacoso, violencia digital, violencia económica, violencia vicaria…
Esto no significa necesariamente que estas formas de violencia sean completamente nuevas. Muchas veces lo que ha cambiado es nuestra capacidad para identificarlas, nombrarlas y comprender sus mecanismos. Ponerles nombre es importante. Cuando somos capaces de reconocer una forma de violencia, también podemos empezar a cuestionarla y buscar maneras de prevenirla.
LO QUE NOS HACEMOS LAS UNAS A LAS OTRAS
Los tiempos cambian y, por lo tanto, también ha de cambiar nuestra forma de mirar lo que nos decimos, lo que hacemos y la manera en que nos relacionamos.
Quizás recuperar la capacidad de escuchar, ser humildes, reconocer los errores y responsabilizarnos de ellos sea un primer paso para reducir el daño que nos hacemos y favorecer una convivencia más respetuosa. Y esta reflexión no puede limitarse únicamente a las relaciones entre personas. No podemos olvidar que formamos parte de un sistema del que dependemos: la Tierra. Los seres humanos, los animales, los bosques, los mares, los ríos, los suelos, los desiertos y los glaciares forman parte de un mismo entramado de vida.
En mi opinión, hemos olvidado con demasiada frecuencia ue no estamos fuera de la naturaleza, sino dentro de ella. Cuidarla no es algo ajeno a nuestro bienestar. La contaminación, la deforestación, la explotación desmedida de los recursos o el deterioro de los ecosistemas tienen consecuencias sobre la vida de otros seres vivos y también sobre nuestra propia vida. Vivimos en interacción e interdependencia. Lo que hacemos tiene consecuencias, aunque a veces no podamos verlas de manera inmediata.
Por eso, quizá una de las tareas pendientes de nuestro tiempo sea reaprender a cuidar: cuidarnos, cuidar a las demás personas y cuidar el mundo del que formamos parte. Porque no podemos construir una convivencia basada en el respeto mientras normalizamos el sufrimiento de otras personas o ignoramos las consecuencias de nuestras acciones.
La violencia también se reinventa con los tiempos. Nuestra responsabilidad es aprender a reconocerla allí donde aparece y buscar nuevas formas de relacionarnos sin generar daño.

